OTRA VEZ SILENCIO
- gildayanes.ofc

- 6 jul 2023
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De nuevo habla el silencio. Esta vez con otra voz, la de la muerte. Hace pocos días se manifestó en el cuerpo de un buen amigo, guía en mi juventud y madurez. Nada casual, en tanto recién había escuchado un webinar sobre el silencio que removió mis profundidades. En proceso de recuperar cien por ciento mi voz, llegó como otro mensaje patente. Algo más es pertinente que escuche. Esta vez no he callado expresamente, sino que, como un oxímoron, me he visto llamada a escuchar la voz del silencio de otro ser amado que me detiene y se impone para advertirme algo muy personal.
En su memorial escuché decir que estábamos reunidos para dar gracias por la vida de Francisco Javier Monterrey Monterrey, presbítero. En otro momento, tal vez no habría detallado una particularidad. Pero cuando te nutres de otras realidades el sistema reticular ascendente dirige tu atención hacia aquello que es una novedad de interés para ti. Y entonces detallé que, siendo una persona tan valiosa dentro de la labor y jerarquía eclesial, se nombró primero a la persona y luego su quehacer: presbítero. En vida, en cada palabra comunicada, iba primero el “Monseñor”; aquel título que daba referencia general de su quehacer. Ahora, en este momento final mundano, donde el ánima está quieta, el protocolo evidenciaba la prevalencia del ser, desde su nombre propio, como una declaración valiosa a toda la comunidad presente.
Sin embargo, todos tenemos la impronta de que el mundo es para hacer cosas y por eso validamos, cada tanto, los títulos, posiciones jerárquicas y todas las prebendas que vienen con ello, que nos llevan a querer más, en sanidad o no. Son signos y símbolos de nuestra evolución y contribución social hasta que el momento de la partida llegue. Y cuando alguien se va del mundo, recordamos de forma patente que el ser vino primero. Sin él no habría títulos ni obras. El ser es el que hace particularmente: como uno, no hay dos. Luego, en el silencio de la muerte, escuchamos lo que nos importa y lo que tiene que ver con nosotros de esa historia particular. Y se queda con nosotros, pues siempre ha estado y estará; la persona se va y su ser sigue viniendo cada vez. Queramos o no, nos damos cuenta que forma parte de nosotros, sin confundirse en cada uno, integrado.
Así que cada historia es un regalo, un tesoro distinto. El tinte del quehacer es singular, único, irrepetible; tiene un nombre y un apellido concreto. El llamado de la vida es contundente y muy particular, un compromiso personal, una responsabilidad propia. Es una pregunta cuya respuesta desarrollamos en el tiempo y que se manifiesta en un para qué estamos donde estamos y somos como somos.
Irónicamente, algunos seres parecieran sentirse como muertos en el mundo, generando tal vez más muerte a su alrededor, distrayendo el sentido real de la vida a la que todos somos llamados: el sentido constructivo, positivo; aunque esto implique experimentar contradicciones y cada segundo vivido signifique estar más cerca de la muerte. Y hasta de los que opinamos sesgadamente que no han hecho mucho, nunca pueden dejar de hacer algo, porque esto es inmanente a la vida. Ésta no se detiene mientras sigue siendo. Me pregunto entonces: ¿Cuál es el significado de lo que estoy construyendo inevitablemente? Y al momento de mi muerte ¿Cómo trasciendo en la vida del otro y en la memoria del mundo? ¿Qué le diré a los demás en ese silencio que permanece cuando no esté? ¿He pensado en mí y en el otro como un regalo eterno a los demás?
El corazón tiene mucho que escuchar y decir desde y en el silencio del duelo. Con la muerte del otro pensamos en la propia y también en la vida; esto es naturalmente humano, estamos conectados, es un llamado de supervivencia. Nos lleva inevitablemente a la conciencia profunda de quienes somos, desnudos, y del para qué estamos; cuál es el significado o valor de la forma como vivimos. Si lo hacemos en resistencia, fragmentados, quebrados o en el fluir de la contradicción y aceptación, en el proceso consciente de integración.
Por un tiempo, diferente en duración y forma, retornamos mental y emocionalmente, a veces hasta físicamente, a la simpleza y esencia del existir y recibimos respuestas que vienen de adentro. Es un estado necesario para escuchar. En casos muy intensos, lo que escuchamos nos impulsa a dar un giro radical; en el otro extremo, nos vamos durmiendo de nuevo para volver al ruido del mundo y continuar como autómatas o muertos vivientes en el quehacer. En el medio de estas dos polaridades, tomaremos decisiones más o menos conscientes que nos dirigirán a otros rumbos o que nos afianzarán en el que llevamos.
Así que doy gracias por cada llegada y cada partida de cada ser, especial y único, que me ha regalado no solo los frutos de sus dones y de sus desaciertos, sino también la oportunidad de escuchar su mensaje en la obscuridad y luz de su muerte. Que, además, me lo seguirá diciendo, toda mi vida, como en un hilo conector invisible. Aquello que me interpela, que necesito escuchar, sentir y conocer de mí, del nosotros y que mi corazón asiente como una verdad personal y humana. La muerte se convierte entonces en una bendición y su silencio hablante es un regalo que resume el tesoro de la vida del otro que trasciende a todos. Dándole sentido a lo que escuché en el webinar de Susana Cesanelli, del silencio del útero al silencio de la tierra, a la que volvemos todos, seguimos escuchando voces que importan. Gracias Francisco Javier Monterrey Monterrey por significativamente ser, tocar a mi puerta y entrar para quedarte eternamente.




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