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EL DESORDEN EN TU ARMARIO

  • Foto del escritor: gildayanes.ofc
    gildayanes.ofc
  • 6 jul 2020
  • 6 min de lectura

ABRIR TU CORAZÓN Y CONTEMPLAR TU HISTORIA PERSONAL ES PARTE DEL CAMINO EN LA RESILIENCIA


Podemos pensar que toda conducta adaptativa a circunstancias estresantes o situaciones de riesgo son expresiones de elementos resilientes en la personalidad, pero no siempre es así. Encontramos en consecuencia, personas aparentemente integradas a un nuevo entorno, incluso amenazante, sin percatarnos de la magnitud del torbellino que esconde en su corazón, mente y cuerpo. Es la hora de “abrir las puertas del armario”, darle luz, mirar y dejar que las cosas en desorden terminen de caer, salir, para limpiar y luego dar un lugar a lo que realmente usará. En el tiempo, según su estructura interna y la forma como percibe su historia, serán sus bases en la búsqueda del equilibrio.


De adultos, miramos nuestra historia y percibimos sabores dulces y amargos, con algunas preferencias a mirar más hacia un lado o a otro. Repetimos en nuestra memoria ciertos eventos que le dan sentido, dirección y justificación a la vida que decidimos vivir y si algo nos molesta, porque irrumpe en el logro de algún aspecto en nuestra vida o rompe con nuestra comodidad, la mente la transforma cada vez que la recuerda, exaltando, disminuyendo, quitando o agregando elementos para adecuarla y reafirmar la decisión que tomamos. Estos son mecanismos naturales, dirigidos a la protección y a la homeostasis, al mantenimiento del equilibrio necesario para continuar viviendo como estamos, sin cambios. Nuestro cerebro emocional o sistema límbico tiene un papel preponderante en este proceso.


En oportunidades específicas, ese equilibrio es mantenido por recuerdos transformados desde una memoria engañosa cuando los evocamos, contados según el inconsciente y el miedo nos indica que es más conveniente para protegernos de posibles agresores presentes y futuros, ya sean entornos, otros seres o actividades. Y la huella emocional producto de la primera experiencia, se transforma y pone distancia del recuerdo actual, para mantenernos seguros, evitando el cambio que en resiliencia necesitamos. Es un juego de la mente, pero muy efectivo; cambiar, es un gasto enorme de energía y nuestro cerebro reptil e inconsciente, se encargan de alargar la vida evitando a su manera las crisis y el desgaste que ocurre al cambiar de estructuras de pensamiento, hábitos y formas de sentir diferentes.



En este panorama, podemos distinguir los elementos resilientes y los defensivos adaptativos. Una persona resiliente, integra los aprendizajes de las experiencias, desarrolla nuevas estrategias, actualizadas al nuevo contexto sanando la herida original, practicando con interés y dirección nuevas conductas y actitudes que luego se volverán hábitos nuevos, descartando los antiguos, ya inservibles a las nuevas circunstancias. Coloca de manera ordenada en su “armario” el recuerdo y la emocionalidad que permitió guardar la memoria del evento en el lugar cronológico que le corresponde, comprendiendo las condiciones y competencias de las que disponía para asumirlo en ese preciso momento, honrándolo, aceptándolo, incluso perdonándolo. En otro contexto, una persona que vive desde la defensa, cuya base es el miedo a volver a ser herida, esconde el sufrimiento permanente que le genera el dolor del primer evento no sanado y cataloga todas las experiencias futuras de la misma manera con resultados poco positivos, restringiendo el disfrute de la vida y su aprovechamiento.

Dándose cuenta o no de este mecanismo, ocurre; y es importante que descubramos cómo y cuándo lo utilizamos.

Ahora, no toda conducta adaptativa es producto de un trauma o quiebre profundo. Los ajustes evolutivos son tarea ordinaria y continua de todo ser vivo y en el ser humano, se suma la interpretación que de él realiza. Somos los únicos seres vivos que utilizamos el lenguaje y el razonamiento lógico, razón por la cual toda la vida estaremos en esta dinámica, creando conexiones neuronales que integran conocimientos y percepciones de la realidad en un mapa de la realidad que refleja la forma como percibimos el mundo, único para cada uno de nosotros y con elementos comunes que nos unen como grupos en la familia, la comunidad, el país; en este caso es lo que llamamos ethos cultural o inconsciente colectivo.


Gracias a la neurogénesis y plasticidad cerebral, este mapa está en permanente construcción y deconstrucción, conectando y desconectando neuronas, información, gracias a nuestra capacidad para adoptar, expresar y soltar aprendizajes y creencias, sustituyéndolos por los que consideramos más útiles, de acuerdo a la etapa y entorno social que vivamos. Todo esto para avanzar y estar aptos creativamente a cada nuevo tiempo. Si estamos conscientes de estos procesos en nuestra actividad cotidiana, seguramente sentiremos los cambios de manera más interesante y natural y el miedo a lo diferente se atenúa para convertirse quizás hasta en un movimiento interesante; entonces, “limpiar el armario” con frecuencia será cosa de rutina.


Durante nuestros primeros años de vida hasta los 8 años aproximadamente, cuando se desarrolla la capacidad para expresar el mundo que nos rodea a través del lenguaje y percibir internamente la noción del tiempo, los mecanismos de protección y defensa actúan de manera especial para acompañar el proceso de formación de nuestra identidad personal. Si el niño vive en esta etapa una situación violenta, indigna, donde su vida peligra o lo percibe de esta manera, estructurará su espacio de protección en un contexto donde, sin saber exactamente como comunicarlo, procurará elaborar un discurso íntimo que le permita explicar y validar implícita o explícitamente, las nuevas conductas y actitudes defensivas adoptadas para sobrevivir y protegerse. En este proceso su herencia, percepción del entorno, apoyo social y tiempo de permanencia en la situación de riesgo se combinarán especialmente creando estructuras sanas o conflictivas. Lamentablemente algunos no lo superan y mientras más pequeños y más tiempo de exposición existe más riesgo de daño.


Sin comprenderlo, el niño en esta etapa de la vida, puede adoptar actitudes evasivas, dependientes o agresivas, por ejemplo, que le sirven para adaptarse al mundo y le procuran la capa defensiva que le permite sobrevivir en un entorno que no tiene todavía para él explicación, sus propias “sombras”. El lenguaje se convierte en la interpretación de ese entorno agresivo o potenciador de sus propias posibilidades y capacidades y todo su ser se convierte en un “translator” de la concepción de sí mismo. Evoca las creencias sobre quien es y sus posibilidades, potenciadoras o limitantes y castradoras. Por esto es importante conocer que la memoria de los primeros años es trascendente en la formación de la personalidad y que sin embargo hay grupos de personas cuya adaptación es muy resiliente. Esto lo podemos conversar en otra oportunidad. Así que la creencia de que “loro viejo no aprende a hablar” es solo eso, una creencia. Y esta verdad puede abrir las puertas al cambio dejando viejos hábitos destructivos o limitantes, dependiendo de la voluntad personal. Cuando el niño crece, toca mirar con amor, sacar el sufrimiento de ese momento pasado desde el “yo niño” y ponerlo en su lugar del armario, para asumir una nueva actitud y conducta adulta actualizada, más acorde con el momento vivido. Y es importante que sepas que “SI es posible”.



Nuestros genes, donde se carga la información de nuestras características, las conductas adaptativas en relación a la expresión de las emociones, el desarrollo de nuestro cuerpo y memoria celular, dan el punto de partida. Todo lo demás, corre por nuestra cuenta cuando crecemos y en estado de consciencia, percibiendo el grado de bienestar o malestar que nos producen las actitudes asumidas ante lo que percibimos de afuera, decidimos asumir o no las revelaciones del desorden interno, de nuestro armario privado. Allí es donde nos toca limpiarlo ubicando un tiempo, espacio e inclusive herramientas y compañía especial si es necesario, con la intención dirigida a sanar y ordenar el mundo interior. Regalar los zapatos icónicos de bachillerato a otro que los necesite y comprar otros que vayan más con los nuevos retos y espacios emocionales y sociales donde nos movemos, donde anhelamos estar.


¿Dudamos si podemos estar en esos nuevos entornos? Si, tal vez. El miedo es un tremendo aliado cuando de cambios se trata. Solo nos queda agradecerle su trabajo y tomar la advertencia, preguntarle desde nuestra zona cerebral menos animal, si es una verdadera amenaza y plantear alternativas que, desde la razón, nos ubiquen en la posibilidad aprender e implementar nuevas estrategias adecuadas a la realidad actual deseada y nos posibiliten tener éxito. Sabemos que la plasticidad cerebral nos ayuda hasta el último suspiro a adaptarnos exitosamente y si en eso creemos, ocurrirá el milagro, triunfará la nueva conducta y validada, a futuro se constituirá posiblemente en un nuevo reto a sobrepasar con otras nuevas, cuando sea necesario. La pregunta es ahora: ¿Cada cuánto tiempo te atreves a limpiar tu armario? La respuesta es personal y solo tú marcas tu propia diferencia en tu proceso de desarrollo y crecimiento personal. El punto inicial y final eres tú, porque siempre tendremos aspectos para transformar en nuestra vida y esto ocurre así para todos los seres humanos. Te invito entonces a renovarte; contemplar y limpiar el desorden de tu armario es una bendición.



Un momento diario contigo mismo puede hacer la diferencia en tu vida, percibiendo tu mundo interno, aprendiendo de ti, contactando con lo que te asusta, te emociona, te duele, te enorgullece. Participar en espacios de crecimiento también refuerza tus intenciones de crecer, la historia y experiencias de los demás nos recuerdan que no somos los únicos y también que hay muchas maneras de abordar la vida en positivo; y en la compañía adecuada, todo se hace posible.







 
 
 

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